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| Yellow Dress-Frederick McCubin |
“Entre sus manos
sostenía la misiva, el sobre blanco como el alba y en su interior una
carta y en ella hermosas letras escritas en un mal castellano, sus dedos
temblaban mientras leía, era de un caballero, de aquel que conoció en casa de
la señora Machado, sólo se habían cruzado algunas palabras, un buenas tardes
señorita y al darse cuenta del sonrojo de sus mejillas sólo había sonreído
inclinándose, acariciando de soslayo con
sus dedos el sombrero, se dio vuelta y
siguió su camino con los demás invitados, sólo eso pasó y fue capaz de enviarle
una carta? en ella solicitaba permiso para verla, ella sabía que en aquellas fiestas que
organizaba la señora Machado las madres se volvían locas por ser invitadas para
llevar a sus hijas, señoritas casamenteras, pero ella ya había pasado esa
barrera, no era señorita y tampoco casamentera, se había casado hacía mucho y
era una de aquellas mujeres que se habían enfrentado al qué dirán y se había
divorciado con un hijo a cuestas como solía decir su madre.
No entendía como ese caballero sabiendo todo eso,
porque estaba claro, después de saludarla muchas de las damas en ese lugar lo
habían puesto al tanto de todo; ella lo había notado puesto que cuando
hablaban, él de cuando en cuando
volteaba la miraba y regresaba a la postura inicial; ya estaba
acostumbrada a eso, pero porqué se atrevía a solicitar permiso para
frecuentarla, porqué… porqué?
Estimado señor Schramm:
Agradezco la amabilidad que no creo ser merecedora, le
recuerdo que desde el reciente suceso en mi vida he regresado a la protección de mi familia,
en ese sentido, mis padres estarán complacidos de recibirlo para tomar el té el
día de mañana a las cinco de la tarde.
Saludos,
Amanda.
La campanilla de la puerta sonó a las cinco en punto
de la tarde, la madre había declarado como
buen francés llegando a su hora.
Sus pasos sonaban fuertes y decididos, desde la silla
donde estaba sentada lo vio entrar, el traje impecable, los guantes enfundando
sus dedos largos y delgados, el sombrero dándole más altura del que ya tenía,
sus ojos pestañaban rápidamente mientras lo miraba, era como si tomara
fotografías instantáneas e iba guardando
en su mente cada cuadro, él buscó entre las personas que estaban en el salón
los ojos de ella y cuando los ubicó la sorprendió en las pestañadas, un regocijo hizo latir con fuerza su corazón,
ahí estaban esos ojos, aquellos negros ojos coronados por aquellas pestañas,
mariposas negras que baten sus alas, arriba, abajo, arriba, ella al verse
sorprendida se sonrojó como aquella vez y él sonrió, la mirada de ella se
desvió a la ventana llena de sol que dejaba apreciar el jardín que ella tenía
orgullo, puesto que se pasaba horas todos los días cuidándolo.
Señor Schramm, pasé por favor, póngase cómodo, justo
lo esperábamos, el mayordomo se acercó y esperó pacientemente que él le
entregara el sombrero y los guantes, el bastón, observó sus dedos, finos, que se movían
despacio mientras observaba todo el salón, luego lo invitaron a sentarse frente
a la madre y a ella, mientras que el padre le relataba la vez que fue a París y
lo mucho que había disfrutado, ella era una jovencita y sólo disfruto de
caminar por las calles de París con su madre y de las comercios llenos de
telas, encanjes y broderies que se trajeron, la consigna llenar los baúles.
El demostraba en cada palabra lo educado y gentil que
era, a pesar de su mal castellano, le había relatado al padre que estaban
construyendo en París una enorme torre la cual se apreciaría en la Exhibición
Universal de 1889 y que él era uno de los tantos ingenieros asistentes
encargados de esa obra, les contaba que muchos estaban en contra de esa
estructura puesto que pensaban que iba a cambiar el paisaje que hasta hoy
tenían, todos esos relatos le daba al
padre justo en la yema del gusto, cosas llenas de encanto, de majestuosidad y
sobre todo de cotilleo, de cuando en cuando la miraba, en cada sorbo de té que
bebía su mirada iba hacia ella, ella casi ni tomo ni probó los panecillos que
se habían hecho durante toda la mañana, recordaba la harina entre sus dedos y
como la masa se dejaba acariciar por sus
manos, están deliciosos, al sentir aquel comentario ella se volvió a sonrojar
como si él hubiera adivinado sus pensamientos, él sería suave como aquella
masa, blanca y fina, de inmediato sacudió de su mente aquellos recuerdos de
alcoba, aquellos ya lejanos, los niños corrían, venados salvajes, espíritus
libres.
Por fin sus padres le pidieron a su hija que le
enseñara el jardín que con tanto esmero cuidaba, el cual ella tenía tanto
orgullo.
Avanzaron hacia la puerta, sentía que sus piernas
temblaban como las hojas de otoño al caer, no se animaba a mirarlo, él estaba
tan cerca de ella, casi sentía su respiración, él cortesmente abrió la puerta y
dejó que ella pasara primero, volteo e hizo un ademán de saludo a los padres
que se quedaban mirándolos con una sonrisa cómplice.
Ella caminó por entre la terraza adelantándolo, él a
propósito camino lento, el sol caía
sobre su cabello haciéndolo brillar, aquellos rizos bien cuidados, bañados por
romero hechos con exactitud milimétrica que danzaban sobre su cuello al compás
de sus pisadas y sobre su piel, sonrosada por el sol o por la timidez, corría
alegre e indiscreta una gota de sudor, corría adentrándose en aquel vestido, el
vestido amarillo que se movía como siguiendo un baile propio, un baile que solo
aquellas caderas sabían lograr, ella levantaba un poco aquel vestido dejando
entre ver los fustanes que se golpeaban entre sus pies, pies prisioneros de
aquellos zapatos de cuero blanco sujetados por cintas entrecruzadas,
encarcelando sus delgados tobillos e impidiendo ver más, él iba deleitándose
por todas aquellas cosas, cuando vio que aquellos fustanes traicioneros no dejaron dar el paso correcto, él la sujetó
del brazo, mientras ella daba un gritillo,
sus miradas por fin se cruzaron, su mano sintió aquella piel suave y
también el temblor corporal seguida de un jadeo, miró su boca roja como una
granada, no había nadie en el mundo que
pudiera impedir aquel beso que ya era inminente, por fin sus jadeos cesaron, su
boca no dejó que continuaran, se apoderó de sus labios, y lentamente fue
haciéndolos suyos, no podía soportar más, su lengua buscó la de ella y ella se
la ofreció complacida, a ella le gustaba se dijo, así que con sus manos la fue
acercando lentamente más y más hasta sentir su pecho agitado pegarse al de
él, el deseo de acariciar sus senos lo
atormentaba, en su mente divagaba, entraba en aquel sueño, el sueño de
acariciarla toda, de acariciar sus senos y sentirse pleno pero si lo hacía era
su fin, así que se conformó en sentirlos sobre su pecho, una de sus manos tomó
su cabeza para evitar que ella cambiara de opinión, apresando su cabellera, sus
dedos se enredaron entre sus cabellos, eran suaves se dijo, tal como me lo
había imaginado y su pasión se encendió más, su mano apretó un poco un lado de
su cuello y sintió sus suspiros, no
podía seguir o moría, ese sentimiento lo envolvió, tenía que seguir besándola o
moría pero si seguía haciéndolo iba a desear más y ella lo correría y moriría
si lo hacía, decidió abandonar ese quehacer, se separó bruscamente.
continuará...
continuará...

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