jueves, 24 de mayo de 2018

EL VESTIDO AMARILLO-Cap.1


Yellow Dress-Frederick McCubin
En busca de cosas antiguas, sin querer encontré un diario en una tienda de antigüedades, le pareció algo tan romántico tener algo que alguien escribió hace tanto tiempo y más de alguien con su mismo nombre, llegó a su casa y después de preparar un chocolate caliente, empezó a leer el diario, era intenso, emocional y comprendí que en todas las épocas existían historias de amor, creo que de eso se trata no? Buscar y encontrar el amor, tal vez en este tiempo como en aquellos tiempos siempre habrá LOS ÚLTIMOS LOCOS ROMÁNTICOS.
“Entre sus manos  sostenía la misiva, el sobre blanco como el alba y en su interior una carta y en ella hermosas letras escritas en un mal castellano, sus dedos temblaban mientras leía, era de un caballero, de aquel que conoció en casa de la señora Machado, sólo se habían cruzado algunas palabras, un buenas tardes señorita y al darse cuenta del sonrojo de sus mejillas sólo había sonreído inclinándose, acariciando de soslayo  con sus dedos  el sombrero, se dio vuelta y siguió su camino con los demás invitados, sólo eso pasó y fue capaz de enviarle una carta? en ella solicitaba permiso para verla,  ella sabía que en aquellas fiestas que organizaba la señora Machado las madres se volvían locas por ser invitadas para llevar a sus hijas, señoritas casamenteras, pero ella ya había pasado esa barrera, no era señorita y tampoco casamentera, se había casado hacía mucho y era una de aquellas mujeres que se habían enfrentado al qué dirán y se había divorciado con un hijo a cuestas como solía decir su madre.
No entendía como ese caballero sabiendo todo eso, porque estaba claro, después de saludarla muchas de las damas en ese lugar lo habían puesto al tanto de todo; ella lo había notado puesto que cuando hablaban, él de cuando en cuando  volteaba la miraba y regresaba a la postura inicial; ya estaba acostumbrada a eso, pero porqué se atrevía a solicitar permiso para frecuentarla, porqué… porqué?
Estimado señor Schramm:
Agradezco la amabilidad que no creo ser merecedora, le recuerdo que desde el reciente suceso en mi vida  he regresado a la protección de mi familia, en ese sentido, mis padres estarán complacidos de recibirlo para tomar el té el día de mañana a las cinco de la tarde.
Saludos,
Amanda.
La campanilla de la puerta sonó a las cinco en punto de la tarde, la madre había declarado como  buen francés llegando a su hora.
Sus pasos sonaban fuertes y decididos, desde la silla donde estaba sentada lo vio entrar, el traje impecable, los guantes enfundando sus dedos largos y delgados, el sombrero dándole más altura del que ya tenía, sus ojos pestañaban rápidamente mientras lo miraba, era como si tomara fotografías instantáneas e iba  guardando en su mente cada cuadro, él buscó entre las personas que estaban en el salón los ojos de ella y cuando los ubicó la sorprendió en las pestañadas,  un regocijo hizo latir con fuerza su corazón, ahí estaban esos ojos, aquellos negros ojos coronados por aquellas pestañas, mariposas negras que baten sus alas, arriba, abajo, arriba, ella al verse sorprendida se sonrojó como aquella vez y él sonrió, la mirada de ella se desvió a la ventana llena de sol que dejaba apreciar el jardín que ella tenía orgullo, puesto que se pasaba horas todos los días cuidándolo.
Señor Schramm, pasé por favor, póngase cómodo, justo lo esperábamos, el mayordomo se acercó y esperó pacientemente que él le entregara el sombrero y los guantes, el bastón, observó sus dedos, finos, que se movían despacio mientras observaba todo el salón, luego lo invitaron a sentarse frente a la madre y a ella, mientras que el padre le relataba la vez que fue a París y lo mucho que había disfrutado, ella era una jovencita y sólo disfruto de caminar por las calles de París con su madre y de las comercios llenos de telas, encanjes y broderies que se trajeron, la consigna llenar los baúles.
El demostraba en cada palabra lo educado y gentil que era, a pesar de su mal castellano, le había relatado al padre que estaban construyendo en París una enorme torre la cual se apreciaría en la Exhibición Universal de 1889 y que él era uno de los tantos ingenieros asistentes encargados de esa obra, les contaba que muchos estaban en contra de esa estructura puesto que pensaban que iba a cambiar el paisaje que hasta hoy tenían, todos esos relatos  le daba al padre justo en la yema del gusto, cosas llenas de encanto, de majestuosidad y sobre todo de cotilleo, de cuando en cuando la miraba, en cada sorbo de té que bebía su mirada iba hacia ella, ella casi ni tomo ni probó los panecillos que se habían hecho durante toda la mañana, recordaba la harina entre sus dedos y como la masa se dejaba acariciar por  sus manos, están deliciosos, al sentir aquel comentario ella se volvió a sonrojar como si él hubiera adivinado sus pensamientos, él sería suave como aquella masa, blanca y fina, de inmediato sacudió de su mente aquellos recuerdos de alcoba, aquellos ya lejanos, los niños corrían, venados salvajes, espíritus libres.
Por fin sus padres le pidieron a su hija que le enseñara el jardín que con tanto esmero cuidaba, el cual ella tenía tanto orgullo.
Avanzaron hacia la puerta, sentía que sus piernas temblaban como las hojas de otoño al caer, no se animaba a mirarlo, él estaba tan cerca de ella, casi sentía su respiración, él cortesmente abrió la puerta y dejó que ella pasara primero, volteo e hizo un ademán de saludo a los padres que se quedaban mirándolos con una sonrisa cómplice.
Ella caminó por entre la terraza adelantándolo, él a propósito camino lento, el sol  caía sobre su cabello haciéndolo brillar, aquellos rizos bien cuidados, bañados por romero hechos con exactitud milimétrica que danzaban sobre su cuello al compás de sus pisadas y sobre su piel, sonrosada por el sol o por la timidez, corría alegre e indiscreta una gota de sudor, corría adentrándose en aquel vestido, el vestido amarillo que se movía como siguiendo un baile propio, un baile que solo aquellas caderas sabían lograr, ella levantaba un poco aquel vestido dejando entre ver los fustanes que se golpeaban entre sus pies, pies prisioneros de aquellos zapatos de cuero blanco sujetados por cintas entrecruzadas, encarcelando sus delgados tobillos e impidiendo ver más, él iba deleitándose por todas aquellas cosas, cuando vio que aquellos fustanes traicioneros  no dejaron dar el paso correcto, él la sujetó del brazo, mientras ella daba un gritillo,  sus miradas por fin se cruzaron, su mano sintió aquella piel suave y también el temblor corporal seguida de un jadeo, miró su boca roja como una granada, no había nadie en  el mundo que pudiera impedir aquel beso que ya era inminente, por fin sus jadeos cesaron, su boca no dejó que continuaran, se apoderó de sus labios, y lentamente fue haciéndolos suyos, no podía soportar más, su lengua buscó la de ella y ella se la ofreció complacida, a ella le gustaba se dijo, así que con sus manos la fue acercando lentamente más y más hasta sentir su pecho agitado pegarse al de él,  el deseo de acariciar sus senos lo atormentaba, en su mente divagaba, entraba en aquel sueño, el sueño de acariciarla toda, de acariciar sus senos y sentirse pleno pero si lo hacía era su fin, así que se conformó en sentirlos sobre su pecho, una de sus manos tomó su cabeza para evitar que ella cambiara de opinión, apresando su cabellera, sus dedos se enredaron entre sus cabellos, eran suaves se dijo, tal como me lo había imaginado y su pasión se encendió más, su mano apretó un poco un lado de su cuello y sintió sus suspiros,  no podía seguir o moría, ese sentimiento lo envolvió, tenía que seguir besándola o moría pero si seguía haciéndolo iba a desear más y ella lo correría y moriría si lo hacía, decidió abandonar ese quehacer, se separó bruscamente.

continuará...


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